Guido Riveros. La partida de un amigo de veras

Recuerdo exactamente cuándo y dónde lo conocí: Cartagena de Indias, febrero del 2007, Fundación para el Nuevo Periodismo de Gabriel García Márquez, seminario internacional sobre Medios de Comunicación y Política. Guido ya se había hecho cargo de la dirección del Instituto para la Democracia Multipartidaria de Bolivia. Andaba con una memoria USB que usaba como collar digital que le llegaba hasta el ombligo.

Hicimos buenas migas desde el primer minuto. Este mismo año del 2012su institución participó en la realización del quinto foro sobre indígenas, poder y sociedad, en la Asociación de Periodistas, en La Paz. No pudimos compartir otro momento que ese encuentro porque yo viajaba inmediatamente de regreso a Holanda. En todo caso se encargó de publicar el resumen general del debate de Bolivia.

Al cabo de pocos días de mi estadía en Holanda solicité, a través de la gentileza del embajador de Bolivia en La Haya, Roberto Calzadilla, una entrevista con el presidente Evo Morales. Como pasaban las semanas y no tenía respuesta llamé por teléfono a Guido para pedirle ayuda en este propósito. Me dijo que conocía muy bien a un diputado del MAS y que le hablaría. El parlamentario accedió gustoso a colaborar. Seguramente la combinación de ambas peticiones, embajada y diputado consiguieron que el presidente accediera a la entrevista.

El día domingo 20 de mayo, a eso de la una de la mañana, llegamos con Raúl López a la capital boliviana y a esos 4 mil metros de altura de El Alto. A las 9.30 teníamos programado un desayuno con nuestra corresponsal, la querida Mabel Azcui y Guido Riveros. Pero el hombre no llegó. Lo llamamos al concluir el desayuno. Pidió mil disculpas. El caso es que la noche anterior había estado con unos amigos y la noche, como los brebajes, se habían hecho largos y copiosos. Guido estaba recuperándose de la fiesta. Lo entendimos perfectamente y lo invitamos a almorzar. Dijo que lo llamáramos en cuanto termináramos nuestro paseo y nuestras grabaciones en video de las vistas hermosas de La Paz. Dicho y hecho. Solo que Guido nos reclamaba en su casa, junto a su esposa. Dijo que tenía todo preparado y que no aceptaba disculpas. Así nomás fue.

Tiene una casa de campo en las afueras de La Paz. El lugar es idílico. Árboles frutales, flores, un zaguán para el disfrute de la palabra y una mesa para compartir el pan. Fue un almuerzo grato, pleno de comentarios sobre la realidad nacional. Me habló de un documento con ideas nuevas sobre el tema de la salida al mar, acerca un polo de desarrollo tripartito: Perú, Chile y Bolivia. Su postura sobre el gobierno de Evo Morales era equilibrada, reconocía los grandes logros y criticaba la falta de gestión. El hombre no estaba para pequeñeces.

Al aproximarse el plazo para nuestra próxima cita Guido se ofreció a llevarnos de regreso al hotel, no sin antes mostrarnos su casa y recibir mis elogios por la cama matrimonial de vieja factura, hecha de cobre y hasta con su dosel a medio terminar. Me dijo, con esa calidez humana tan propiamente suya, que era ¨mi casa¨ cuando quisiera venir a escribir en paz y soledad. Nos llevo al hotel y nos hizo escuchar, en el trayecto, un multicolor homenaje al gran compositor mexicano José Alfredo Jiménez. A Raúl le gusto la música y nuestro anfitrión le prometió una copia en Cd.

Poco antes de la partida de Bolivia le llamé por teléfono para agradecerle una vez más su gestión presidencial. Me dijo unas cuantas cosas bellas sobre la amistad y nos prometimos vernos pronto para idear algunos proyectos comunicacionales.

Murió sorpresivamente unos días después de un infarto cardíaco mientras trabajaba en su oficina. Es difícil consolarse sobre todo cuando la muerte aparece de sorpresa, como si hubiese estado agazapada esperando su oportunidad. Guido el amigo, el periodista, el que buscaba, mediante el diálogo multipartidario fortalecer el sistema democrático de su país, ha dejado una estela de cariño en quienes lo conocimos y lo apreciamos.

Incluyo aquí el artículo de otro amigo, Raúl Peñaranda, director del diario Página Siete, quien también le ha rendido su tributo mediante lo único que vale realmente la pena: los guijarros de la acción periodística, política y social de Guido Riveros.

Raúl Peñaranda: Por alguna razón recuerdo más las conversaciones que manteníamos en los minibuses. Te veo subiendo a ellos, encogiendo las largas piernas, metiéndote dificultosamente en el asiento, charlando casualmente con el voceador, comentando la belleza de nuestra ciudad. Y luego, animoso, sugiriendo cosas, planteando ideas, contando confidencias, desafiándome con tu inusitada capacidad de ver todo siempre de manera positiva y optimista.

Camino por la Arce y te observo, en tu oficina, tomando con la mano derecha tu taza de café y diciendo, como en un susurro, que cuando eras niño a tu familia le gustaba destacar tu segundo apellido, Franck, que era “más elegante”. “¿Te imaginas?”, me dijiste, sonriendo: “¿más elegante?”. Y aprovechaste la ocasión para hablar de tu obsesión de luchar contra el clasismo y el racismo en el país. Y luego escuché tus apreciaciones sobre el segundo Gobierno de Sánchez de Lozada, del que fuiste viceministro, tus comentarios, justos pero sinceros de ese tu paso por el poder y tus recuerdos, nítidos, demasiado, sobre el penoso papel que jugaron muchos de tus colegas, a quienes dejaste después de frecuentar. “A veces menos es más” me dijiste aligerando un poco el tono cuando te pregunté por qué no habías sido ministro de ese régimen.

Y más tarde, otro día, caminando por la Costanerita, destacando la pureza del aire y la limpidez del cielo paceño, soltaste como al pasar lo difícil que fue para ti mantenerte dentro del MIR pese a tus posiciones críticas. “Yo no podía ser parte de esa espantosa carrera que se da dentro de los partidos de halagar y halagar al jefe” me comentaste en un alto en el camino, cuando decidimos descansar un rato, tú con las manos en la cintura, tomando aire, cerrando los ojos y colocando el mentón hacia arriba.

Me subo ahora a un radiotaxi y recuerdo cuando discutimos acaloradamente y luego, tú, que te sentías más culpable que yo por la pelea, no podías bajar de mi auto, en la puerta de tu casa, cuando vivías en Alto Següencoma, dándole largas a nuestra charla, ya amistosa para ese momento. Ya me había dicho Guti, tu asistente y amiga, que cuando estabas nervioso no podías despedirte y seguías y seguías hablando. Y estás ahora al otro lado de la mesa, en una tensa reunión de la Fundación que creaste y presidiste, insistiendo en tu reiterada idea de que los consensos son posibles, que los acuerdos son siempre mejores que los enfrentamientos.

Es 2008, lo peor de la confrontación ya ha pasado pero ahora falta ayudar a que la nueva Constitución se apruebe. “Yo sé que tiene defectos pero es mejor esa mala Constitución que una guerra civil”, dijiste levantando la voz, increpando a un opositor, temiendo yo que te dé un ataque de rabia, como los que solías tener, fosforito como eras.

Te veo también en tu nuevo departamento de Auquisamaña, levantándote del asiento para que se siente tu esposa María René, mirándola fijamente, ofreciéndole un vino, diciéndonos, muy serio, que habías sido bendecido por tu largo matrimonio. Y luego recordaste una anécdota de Lausana, donde estudiaste a mediados de los años 70, y añadiste que Suiza es un país maravilloso pero que “con Maricucha no cambiamos a Bolivia por nada del mundo”.

Comento con Fátima el almuerzo que tuvimos hace tan poco, con tus hijos y María René, en mi casa, al que asistieron también Luis Ramiro y Norita, además de mi madre y mi suegra. Mi suegra, paisana tuya, había preparado un chicharrón que tú no parabas de alabar.

Te miro hoy levantándote de la mesa para acercarte a la reja del jardín y extasiarte con el paisaje. “Ustedes tienen la mejor vista de La Paz, en serio, Fátima”, dijiste con tu vaso de cerveza en una mano y la otra tapándote el sol que te daba en la cara. Ahora, con mis hijos, en la sobremesa, no podemos dejar de hablar de tu casa en Río Abajo, donde ellos se metían en la piscina y después jugaban ráquet y luego disfrutaban de lo que mi hijo mayor consideraba “la mejor carne que he probado” y que tu hermano Ramiro asaba con tanta pericia. Ellos, igual que todos, pese a que te conocían menos, sienten una gran ansiedad por tu partida. Y después de la parrillada te veo caminando por tu jardín mostrándonos ésta y aquella planta, este “árbol que es de Sucre” y “aquel rosal que ha resistido la helada”.

Yo te regalé cuatro arbolitos y espero con toda el alma que alguno de ellos haya sobrevivido. Por último, te digo que te voy a extrañar enormemente, que dejas un vacío que no podré llenar, que no podré tomar ya el teléfono para llamarte y decirte, como me gustaba hacer: “querido Guido, ¿tienes tiempo para mí?”

Raúl Peñaranda es director de Página Siete.

 

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